No eran muy estrictos con nosotros, pero con todas esas bocas
que alimentar, se esperaba que cada uno hiciera su parte
para contribuir, ya fuera ayudando a mi madre con los oficios
de la casa o haciendo labores físicas con mi padre. Mis deberes
tendían a ser labores físicas, un patrón de trabajo que me
seguiría hasta mi vida adulta.Siempre me han gustado los retos y disfruté trabajando
con mis manos. Era gratificante crear algo de la forma difícil.
Teníamos que calentar nuestra casa con una estufa de carbón
o madera, así que cuando tuve la edad suficiente, mi responsabilidad
era cortar árboles para atizar el fuego. Obtuve mi
primer trabajo real a los nueve años en una granja local llamada
Granja Eisenhower, como a dos millas de nuestra casa. Ganaba
diez centavos al día, más media jarra de leche por traer
de vuelta las vacas desde los pastizales, ordeñarlas, recoger el
estiércol y acomodar el heno.
Los Hoyt éramos un grupo de personas físicamente activas,
pero hasta cuando cumplí once años comencé a practicar
deportes. Antes, estando justo en la mitad de la fila de
los Hoyt, tenía a todos mis hermanos y hermanas para que
me entretuvieran. Éramos una familia unida y hacíamos muchas
cosas juntos, jugábamos y trabajábamos. Con tantos hijos
corriendo por todas partes y mi padre sustentando su gran
familia con su trabajo como vendedor de autos, éramos muy
pobres. En realidad nunca sentí que nos faltaran cosas, pero
ahora mirando hacia atrás, nuestra situación financiera de
arreglárnosla con o sin, era evidente. Por ejemplo, si queríamos
jugar hockey, teníamos que compartir un par de patines.
Cortábamos la rama de un árbol para usarla como bastón de
hockey, y un trozo de madera era nuestro disco. No era una
gran diferencia para nosotros, pues nos encantaba el juego y
nos las arreglábamos como pudiéramos para jugar.
Los deportes eran gran parte de nuestra vida, y nuestros
padres siempre nos animaron a practicarlos. Ellos eran muy
trabajadores y atléticos. Tenías que serlo para estar al ritmo
de diez niños ¡supongo! Nos dieron libertad, pero también
esperaban que siguiéramos las reglas de la casa. Cuando desobedecíamos,
mamá no esperaba a que papá regresara a casa
para arreglar cuentas con nosotros. Sencillamente tomaba su
palo de escoba y nos perseguía por toda la casa. Afortunadamente
para mí, yo corría más rápido que ella. Lo asombroso
es que mis padres tenían tiempo para cada uno de nosotros.
Ellos esperaban que lográramos grandes cosas. Anne Hoyt fue
una madre extremadamente dedicada que se encargó eficientemente
de la casa. Tenía mucho orgullo y amor para cada uno
de nosotros y nos lo decía muy a menudo. Hasta hoy, trato de
mantener los fuertes lazos que ella nos inculcó. Por ejemplo,
una vez al año reúno a toda la familia para una comida al aire
libre en mi casa, todos los hermanos, sus hijos y nietos.
En parte, gracias al ánimo de mis padres y a su habilidad
deportiva innata, los deportes organizados fueron prácticamente
en todo lo que pensaba cuando tuve la edad suficiente
para practicarlos. Hasta sexto grado, todas mis notas fueron
excelentes. Luego entré en los deportes. También conocí chicas.
Me desvié un poco e incluso mi novia me hacía las tareas
en séptimo grado, pero en octavo trabajé arduamente y entendí
que debía hacer mi propio trabajo. Era inteligente, pero
mis intereses estaban claramente centrados en los deportes.
Para el final de mi octavo año escolar, jugaba fútbol americano,
baloncesto y béisbol. La escuela me premió con una placa
de reconocimiento por ser el mejor estudiante en todo. Ocupé
cargos en el concejo estudiantil, en el club de líderes y en club de chicos; serví como administrador del anuario e incluso
fui rotario junior. Aunque logré obtener buenas notas y tenía
una agenda social llena, mi mayor emoción estaba en los deportes
y era ahí donde realmente sobresalía.