Dick Hoyt

Nací en junio 1 de 1940 en Winchester, Massachusetts y fui el sexto de diez hijos. Éramos cinco niños y cinco niñas en el clan Hoyt, y todos llegamos al mundo en el mismo hospital de Winchester donde mis hijos e incluso algunos de mis nietos posteriormente nacerían. Mis nueve hermanos y yo crecimos apretados en una pequeña casa cerca de North Reading, quince millas al norte del centro de Boston. Todos nosotros éramos de cabello rubio y ojos azules. En nuestra comunidad nos conocían por ser una familia muy saludable y activa a pesar de tener que comer por turnos y vivir en una casa muy pequeña con sólo un baño. A pesar de todo, fue una crianza normal, con dos padres amorosos y trabajadores, probablemente nada inusual para la época. Mis padres, Anne y Alfred Hoyt, fueron personas ejemplares y permanecieron casados toda la vida.
 

No eran muy estrictos con nosotros, pero con todas esas bocas que alimentar, se esperaba que cada uno hiciera su parte para contribuir, ya fuera ayudando a mi madre con los oficios de la casa o haciendo labores físicas con mi padre. Mis deberes tendían a ser labores físicas, un patrón de trabajo que me seguiría hasta mi vida adulta.Siempre me han gustado los retos y disfruté trabajando con mis manos. Era gratificante crear algo de la forma difícil. Teníamos que calentar nuestra casa con una estufa de carbón o madera, así que cuando tuve la edad suficiente, mi responsabilidad era cortar árboles para atizar el fuego. Obtuve mi primer trabajo real a los nueve años en una granja local llamada Granja Eisenhower, como a dos millas de nuestra casa. Ganaba diez centavos al día, más media jarra de leche por traer de vuelta las vacas desde los pastizales, ordeñarlas, recoger el estiércol y acomodar el heno.

Los Hoyt éramos un grupo de personas físicamente activas, pero hasta cuando cumplí once años comencé a practicar deportes. Antes, estando justo en la mitad de la fila de los Hoyt, tenía a todos mis hermanos y hermanas para que me entretuvieran. Éramos una familia unida y hacíamos muchas cosas juntos, jugábamos y trabajábamos. Con tantos hijos corriendo por todas partes y mi padre sustentando su gran familia con su trabajo como vendedor de autos, éramos muy pobres. En realidad nunca sentí que nos faltaran cosas, pero ahora mirando hacia atrás, nuestra situación financiera de arreglárnosla con o sin, era evidente. Por ejemplo, si queríamos jugar hockey, teníamos que compartir un par de patines. Cortábamos la rama de un árbol para usarla como bastón de hockey, y un trozo de madera era nuestro disco. No era una gran diferencia para nosotros, pues nos encantaba el juego y nos las arreglábamos como pudiéramos para jugar.

Los deportes eran gran parte de nuestra vida, y nuestros padres siempre nos animaron a practicarlos. Ellos eran muy trabajadores y atléticos. Tenías que serlo para estar al ritmo de diez niños ¡supongo! Nos dieron libertad, pero también esperaban que siguiéramos las reglas de la casa. Cuando desobedecíamos, mamá no esperaba a que papá regresara a casa para arreglar cuentas con nosotros. Sencillamente tomaba su palo de escoba y nos perseguía por toda la casa. Afortunadamente para mí, yo corría más rápido que ella. Lo asombroso es que mis padres tenían tiempo para cada uno de nosotros. Ellos esperaban que lográramos grandes cosas. Anne Hoyt fue una madre extremadamente dedicada que se encargó eficientemente de la casa. Tenía mucho orgullo y amor para cada uno de nosotros y nos lo decía muy a menudo. Hasta hoy, trato de mantener los fuertes lazos que ella nos inculcó. Por ejemplo, una vez al año reúno a toda la familia para una comida al aire libre en mi casa, todos los hermanos, sus hijos y nietos.

En parte, gracias al ánimo de mis padres y a su habilidad deportiva innata, los deportes organizados fueron prácticamente en todo lo que pensaba cuando tuve la edad suficiente para practicarlos. Hasta sexto grado, todas mis notas fueron excelentes. Luego entré en los deportes. También conocí chicas. Me desvié un poco e incluso mi novia me hacía las tareas en séptimo grado, pero en octavo trabajé arduamente y entendí que debía hacer mi propio trabajo. Era inteligente, pero mis intereses estaban claramente centrados en los deportes. Para el final de mi octavo año escolar, jugaba fútbol americano, baloncesto y béisbol. La escuela me premió con una placa de reconocimiento por ser el mejor estudiante en todo. Ocupé cargos en el concejo estudiantil, en el club de líderes y en club de chicos; serví como administrador del anuario e incluso fui rotario junior. Aunque logré obtener buenas notas y tenía una agenda social llena, mi mayor emoción estaba en los deportes y era ahí donde realmente sobresalía.